martes, 3 de diciembre de 2013

''El Hombre que Confundió a su Mujer con un Sombrero"

      Pienso abrir un nuevo apartado en mi blog dedicado a temas psicológicos, neurológicos y relacionados con la mente y el individuo en general. En este publicaré todo aquello que lea, piense o aprenda, y me parezca interesante sobre dicho tema.


      Para inaugurarlo recurriré a un fragmento de mis últimas lecturas, titulada ''El hombre que confundió a su mujer con un sombrero", tal y como aparece en el título de esta entrada. Este libro, de indudable interés neurológico, me ha parecido fascinante, dividido en breves relatos, revela casos de ocurrencias extraordinariamente extrañas acerca enfermedades mentales de diferentes tipos y grados, incluso cómicas en algunos casos, como la que voy a dejar a continuación.



-El hombre que se cayó de la cama. 


      Evidentemente una de las enfermeras que debía tener un sentido del humor un tanto macabro se había introducido subrepticiamente en la Sala de Disección, había sacado de allí una pierna y luego se la había metido a él en la cama para gastarle una broma cuando estaba aún completamente dormido. Esta explicación le tranquilizó mucho; pero considerando que una broma es una broma y que aquélla se pasaba ya un poco de la raya, lanzó fuera de la cama aquella pierna condenada. Pero, y en este punto perdió ya el tono coloquial y se puso de pronto a temblar, se puso pálido, cuando la tiró de la cama, sin explicarse cómo, cayó él también detrás de ella... y ahora la tenía unida al cuerpo.
—¡Mírela! —chilló, con una expresión de repugnancia—. ¿Ha visto usted alguna vez algo tan horrible, tan espantoso? Yo creí que un cadáver estaba muerto y se acabó. ¡Pero esto es misterioso! Y no sé... es espeluznante... ¡Parece como si la tuviera pegada!
La asió con las dos manos, con una violencia extraordinaria e intentó arrancársela del cuerpo y al no poder, se puso a aporrearla en un arrebato de cólera.
—¡Calma! —dije—. ¡Tranquilícese! ¡No se ponga así! No debe aporrear esa pierna de ese modo.
—¿Y por qué no? —preguntó irritado, agresivo.
—Porque esa pierna es suya —contesté—. ¿Es que no reconoce usted
su propia pierna?
Me miró con una expresión en la que había estupefacción, incredulidad, terror y curiosidad a la vez, todo ello mezclado con una especie de recelo jocoso.